La unión verdadera

San Pedro se erigía, más allá de todos los cordones del Conurbano, como una pequeña Tokio, con carteles brillantes y zumbantes sobre la calle principal. Viajamos con la idea de cubrir un festival de rock en esa planicie eterna que se estira fuera de los muros del antifederalismo que impone la urbe capital.

La llovizna plomiza cubría rápidamente los surcos que dejábamos en el asfalto de la Panamericana. Llegamos a la ciudad y nos registramos en el hostel del centro. Nuestro contacto era David, el paladín de los artificios, teclados y samplers que disparan los Tick Toper sobre el escenario.

 “Conozco a los Tick Toper, porque son de acá. Hace tiempo hubo un festival, pero lo que vende el circuito es la pachanga”, nos cuentan en el hostel ante la pregunta poco especifica del ¿Qué onda acá?

Y era así. A un puñado de kilómetros de capital Federal, el espíritu de aguante al under se va trasluciendo como si un manto frío y húmedo los sometiera a las gélidas cavernas de la intrascendencia. Cada tanto, algún festival con números que cierran en verde se acerca para atraer, con pompas de renombre, a quienes no acceden a diario a las ofertas del gran rock. Debajo de Alto Nexo, un boliche, desde donde algunas más tarde serían liberadas fieras en celo, irascibles que harían volar vasos y alguna que otra corrida por las desiertas calles sanpedrinas, hacia cumplir la profecía.

La movida nace del grupo “El Peinado del Diablo Producciones”. Siete amigos (David Diez, Emilio Trotta, Facundo Gutiérrez, Lucas Mazzutti, Gonzalo Mazzutti, Juan Crelier, Juan Scorcelli) con ganas de apostar al emergente, llevándolo a las tierras sanpedrinas.

Tenía como misión cubrir el show, conocer que ofrecía el mundo extra-polar del circuito under. Posiblemente –pensé-, todos los vayan a leer la bazofia que escriba, deberán conocer un recital de rock. ¿Pero acaso alguien indaga sobre los otros, los que resisten?

Para entrar a Alto Nexo, el sitio de invocación para que los Hermanos Sean Unidos, hay que subir una escalera de varios escalones. La postal era impecable, sin pretensiones grandilocuentes, focalizando en la calidad del montaje, la producción, y el material que ofrecían las bandas.

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Barromanta – Ph. Lucas Porrazzo

Deambulaba errante por Alto Nexo; mientras, Barromanta arrancaba la cita, flotaba entre el humo y se convertía en el aperitivo que iba colocando al público en la fiesta de la Hermandad. El trío local que encaran Débora Marroco en guitarra y voz, Mario Correa en bajo y Mauricio Ferrari en batería, tenía la llave para abrir el portal de la noche con melodías de otro plano, cuelgues y un manto sonoro y espeso que bajaba sobre el salón.

La cerveza de precios módicos ya había tarado mi repertorio de preguntas de periodista organizado. Había hecho algunas anotaciones que eran las más infames proyecciones de una nota que jamás escribiría. ¿A qué le resistís? Le pregunté a una joven de sonrisa pulcra, aprovechando el intermezzo de cambio de bandas: “Trato de resistirle a todo, y a su vez a nada. Le resisto al tiempo que quiere llevarme, y le resisto a la nada, a la intrascendencia. Por eso vengo acá, porque dejo las cosas que me distraen en la semana” ¿De que te distraen? “De lo que soy, o de lo que quiero ser; de lo hago, y hasta de lo que fui. Siempre hay algo que busca asfixiarte”.

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Güacho – Ph. Lucas Porrazzo

“Tenemos 230 kilómetros de viaje”, nos contarían los Güacho al día siguiente, mientras desayunábamos en hostel. El triangulo de poder platense que empujan los hermanos Lisandro (viola y voz) y Joaquín Castillo (soportes graves), junto al impecable Hernán Torres (batería y gestiones rítmicas), aceptó el convite a la fiesta iniciada por Barromanta, para demoler, en los primeros tres acordes, toda la espuria rutina sabatina en la ciudad ribereña.

La banda expulsa sobre el escenario una bola energética que impacta y knockea a los cuerpos que absorben los riffs de los hermanos Castillo, que se unen a los fills de la batería creativa. Es un muro de concreto que te aplasta, no importa donde estés, solo te libera para que puedas acercarte a bailar en un balanceo imprevisible.

En el ambiente, todo yacía suspendido en un vapor etílico mientras algunos hacían pendular sus vasos casi agotados, y otros, un poco más afortunados, se batían a duelos de amor en los rincones mas oscuros.

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Los Naturalmente – Ph. Lucas Porrazzo

Los Naturalmente subieron al escenario con la irreverencia necesaria para sacudir al público. Álvaro Nouet y Dexter Manhattan en voces y violas, Rod Guardia en el bajo y Nico Aguilar en batería, desempolvaron los sonidos más estridentes cargados de vértigo, inyectando la adrenalina que hacia galopar los corazones.

Oriundos de la ciudad de Campana, Los Naturalmente allanaron el camino con la sutil fuerza del under para el cierre a cargo de los anfitriones del banquete: Los Tick Toper.

Afuera, cada tanto, lloviznaba, pero a nadie le importó. “Ya no pago más una entrada de mil mangos. Lo que tocan estos pibes es increíble. Yo vi morir el rock, pero el rock que yo viví; esto es otra cosa, son sonidos nuevos, con ideas nuevas. La época cambió, la música cambió, las drogas…bueno, son las mismas, habrá algunas nuevas. Esto es lo más genuino”, me contaba un tipo, cincuentón, con campera de cuero old school.

Emi Trotta en voz y guitarra, David Diez en teclados y pirotecnia sonora, Carmelo Puy en guitarra, Juan Scorcelli en bajo y Facundo Gutiérrez al frente del tempo en la batería, se pasearon por los cerebros convidando texturas y agitando a los amigos de acá y de allá. La distancia tímida entre el público y el escenario, la misma que separa a los adolescentes en la matineé, ya había desaparecido. Alto Nexo estaba encendido, los músicos y la gente, los que estábamos del otro lado, el lado b, se fundían en una comunión erótica, alegre, bailable.

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Tick Toper – Ph. Lucas Porrazzo

Todos los errores son perdonados por el diablo que se desvive por adularte, todas las miserias se funden en el fondo del vaso, donde se levantan los monumentos a los héroes de culto, de la impericia demodé. Hay un buen futuro allí.

Cuando en la escena nacional del rock pareciera que reina el descuelgue, las máquinas de hacer billetes y ya no se divisan los alegres borrachines, la emergencia –porque así le llamamos a aquello que surge de manera inesperada- llega para salvar la gloria de todo lo que creímos obsoleto, agotado. Los muertos están muertos, y así está bien. Acá no se heredaba nada, llegaban –llegamos- para abrir las puertas del ghetto al que nos empujaron las productoras multinacionales con olor a cerveza ácida y chips de celular. Para resistir al destierro de los históricos antros donde aún se podían poner los amplis al palo, como aquella tribu –que ya no recuerdo-, que gritaba y bailaba para ahuyentar los malos espíritus y así, una vez más, liberar las almas.

Damián Duarte

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