Viaje

Bajé del tren sin pensar en nada. Al menos no en algo en especial.

La estación Liniers olía a transpiración, garrapiñada y champú de manzana. Me subí el cierre de la campera, crucé Cuzco y espere el bondi que me llevaba a Palermo. En la esquina, una señora esperaba cruzar la calle con una nena, de pelo negro y ojos pardos y tristes. Me miró y sonrió, tenía dos dientes muy separados y otros que no seguían un orden lógico, pero pensé que al crecer se acomodarían, y también pensé que eso la hacía hermosa.

Más atrás, un viejo con un jogging desteñido se apoyaba en dos muletas. Tenía puesta una zapatilla en un pie y en el otro, estaba descalzo. Tenía una barba como de una semana, una boina y no ahorraba piropos pornos para las pendejas vestidas con uniforme escolar y secretarias culonas que le revolvían el cerebro con una cuchara ardiente.

Todos lo ignoraban, como al tacho de basura o al poste en el que yo estaba apoyado.

-No te acerques al viejo meón porque te va a querer coger-, me aconsejó el del puesto de diarios. Lo miré sin escuchar lo que había dicho, y seguí mirando al viejo.

Un tipo bastante gordo se acercó. Campera de cuero y jeans azules. Habló algunas palabras con el viejo, que parecía asustado, le dio algo a escondidas y se fue.

El viejo quedó solo otra vez, siendo testigo de esa eyaculación de gente que hacen los bondis en el límite con el conurbano. Operarios con olor a grasa, estudiantes con auriculares separatistas, administrativas humilladas por vejetes empastillados de viagra y falopa. Todo eso condimentaba la melaza. Podías hacer dos cuadras y tirarte una nena de 14 años, recibir una puñalada o ser obligado a chuparle la pija al tranza o punga de turno.

Subí al bondi y pensé en el pendejo de la estación Moreno, que la cana cagaba a palos por haber rastrillado un celular. Se lo hizo a un nene de traje, que hablaba de esas masturbaciones de clase para el fin de semana. El ladroncito no tenía más de 14 o 15 años, y cuando el cana lo manoteó al bajar del tren, lloraba y decía que se había equivocado. Antes de que salga la formación, vi como lo tenían entre tres vigis contra el piso, con una rodilla en la cara, mientras esperaban la lancha para llevarlo a la comisaria. El pendejo se meó y los mocos le chorreaban por la cara llena de tierra y se juntaban con las lágrimas que morían contra los baldosones del andén. El buzo gris gastado, estaba impregnado del polvo miserable que liberan la rutina y la derrota de los miles que caminan todos los días la estación.

Dos amigos del pendejo miraban a pocos metros. Estaban igual de cagados que él, pero no se iban a meter, porque ya saben lo que les hacen. Sabían que los meten a un cuarto sin ventana en la comisaria por cuatro o cinco horas, sabían que los asustan y les hacen limpiarles todos los pisos. Que los tocan, les pegan, se los cogen y a la madrugada los largan de nuevo a la calle, diciéndoles que si los vuelven a ver por ahí los van a abrir en dos. Por eso nadie se metió. Alrededor, caminaban zapatillas de lona, zapatos, carteras y bolsas de supermercado. Manzanas con caramelo y toda clase de snack rancio con sabor a conurbano. El tren arrancó y yo llegue a Godoy Cruz y Cabrera, en la próxima me tenía que bajar.

Damian Duarte

Ilustración: Vladimir Sinatra

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