Siguiendo un Conejo Blanco.

Seguir a un conejo blanco siempre es tentador. Los conejos, desde hace un tiempo para acá, saben que son sigilosamente perseguidos por una horda de curiosos sedientos de ilusión. Yo soy uno de ellos y caí. Lo seguí cegado por la tentación y ocultandome entre las penumbras del barrio de San Telmo fue que lo vi entrar en una puerta en Cochabamba al 743, a un bar llamado El Bardo.

El primer piso de aquel bosque encantado estaba conformado de mesas correctamente ordenadas y espaciosas con una música que sonaba suavemente; un escenario, micrófonos, ambiente cálido, un atril e instrumentos musicales. Sea lo que sea que estuviera por presenciar sería un refugio deseable para aquel día gris de tiempo y de penas. Agustina Bazterrica y Pamela Terlizzi Prina se manifestaban a través de un par amplificadores con un diálogo creativo e ilustrativo para que quienes habíamos caído ahí siguiendo al roedor entendamos de qué iba la propuesta. Noche de cuentos, noche de música y un ilustrador que retrataría en tiempo real todo lo que ocurriera en el transcurso de los relatos por oir, cuidadosamente apostado él frente a un lienzo ubicándose casi al centro del cálido escenario. De uno en uno fueron acercándose al micrófono los diferentes autores que contarían sus historias rockeras plasmadas en el arte de la literatura. Fue así que Enzo Maqueira, Macarena Moraña, Sebastián Pandolfelli, Fabián Soberón y Valentina Vidal deleitaron nuestros oídos con viajes en combis tras alguna fecha que saciara la inquietud de mostrar tanto factor rock en sangre, o aquella historia de encantamiento ineludible que solo era capaz de lograr el majestuoso Freddie Mercury. Memorable momento fue el que propuso el lector cuando a puño cerrado nos persuadió de cantar algún pasaje de Rapsodia Bohemia para adentrarnos para siempre en un relato de vida y admiración a la imagen de semejante ícono de rock. En otro momento de la noche pude ser parte de un recital de barrio, con el barro hasta las rodillas en un paraje perdido en el conurbano oeste y con el inesperado condimento de tener que estar esquivando puños desconocidos en el centro de una riña, que sin importar su origen, era bienvenida solamente por estar marcada a puro acople, más barro, tachas y cervezas.

 

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Magnífica historia hecha carne por la brillante interpretación a guitarra colgada de uno de los narradores que, como dije, nos llevó a todos a un viaje del cual difícilmente uno pudiera volver como si nada hubiera pasado al cálido salón del conejo en donde la gente se deleitaba entre risas, cervezas y pizzas. Para coronar la bonita noche aparece en escenario la banda Nuez. No la conocía. Fue todo una sorpresa que encajaba cual rasti en la estética de la noche. Un poco de muchos estilos, un sonido impecable, la fusión siempre bienvenida de la tecnología en favor de la búsqueda de nuevos conceptos y sonidos, una batería power y un flequillo que no paraba de danzar a la vez que rompía a melodías la noche del conejo. Haganme caso, Nuez es una banda que se la trae, y si lo cruzan por ahí sin dudas Siga al conejo blanco. Y para terminar y como punto final a la noche la interpretación artística del El Dogo Estepario en el lienzo que en su trabajo creativo supo volcar la síntesis de notables momentos de los relatos y de la noche que quedarán gentilmente documentados en acuarelas de rock.

Por Leandro Verdún

Fotos: Siga al conejo blanco // Vladimir Sinatra.

 

 

 

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