¨El Chomba¨.

Llegando a la estación de peaje, la autopista se ensancha para dar cabida a las cabinas de cobro y los carriles desaparecen por escasos 150 metros.

Los días donde la autopista se carga de chombas domingueros, esos 150 metros son tierra de nadie. La ausencia de carriles delimitados “saca el tigre que hay en vos” y habilita toda clase de turradas miserables cuya recompensa suele ser insignificante.
Sin la linea punteada que sofoca sus bajos instintos, el chomba saca lo peor de si y nos demuestra que 2000 años de cultura no le hacen ni cosquillas. Le sacamos los carriles a la autopista y todo se va al carajo en cuestión de segundos.
En el frenesí por llegar primero a la fila con menos autos, el chomba descarga una primera andanada de atronadores bocinazos. Tratando de gambetear lugares en medio del caotico malón que se agolpa frente a las cabinas, echa mano a cualquier artimaña, por mas rastrera que sea. Ya perdió el pudor hace rato. Se pasan fino, se encierran. Intentan entrar como “cuñas” por fuera de la fila y se repelen a bocinazos entre si, desatando un infierno que derrite los tímpanos.
Una vez que logra acomodarse en alguna hilera, en estado de conmoción violenta por la batalla que acaba de librar, arremete ahora contra la estación de peaje: tolerancia cero para todo aquel que se atreva a detener su marcha. El espíritu campestre que invadía su alma dominguera y lo embriagaba con la posibilidad de un verde lotecito en las afueras, se ha esfumado junto con “el finde” y su fe en el prójimo.
Harto de esperar y con la angustia de no saber porqué, el chomba, parapetado en el anonimato cobarde de su bocina, vomita una segunda oleada. Le dá, le da y le da hasta que las barreras que detienen su vehemencia homicida se abran. Cuando esto sucede, el chomba, que ignora el pliego de consesión y las normativas que regulan el curro, piensa que su bocina es capaz de partir las aguas del Mar Rojo.
Apenas se libera el paso en la estación de peaje, el tránsito comienza a fluir con mayor rapidez, pero la insatisfacción patologica del chomba, que se manifiesta por medio de su bocina, vuelve a escena, redoblando la apuesta: No contento con la apertura de las barreras, ahora quiere que los de adelante se apuren y pasen antes que las barreras bajen nuevamente. La gratuidad lo enloquece. Empuja y cargosea con su bocina hasta que logra pasar el peaje a fondo, como quería, reventando el tren delantero contra los lomos de burro. Pero el chomba, que vive su orgasmico instante, se desayuna que al pasar todos al mismo tiempo, donde la autopista se angosta y vuelve a sus tres carriles, se ha formado un gigantesco cuello de botella que lo retiene. La decepción de verse embotellado nuevamente y sus salvajes intentos por acomodarse en alguno de los carriles desata una cuarta guerra de bocinazos.
El chomba llega a la estación de peaje tocando bocina, espera tocando bocina, pasa tocando bocina y se va tocando bocina.
Al otro día, desayunando un te verde y galletitas de sésamo, le contara a sus compañeros de trabajo de su “escapadita” y de lo necesario que resulta mantenerse en contacto con la naturaleza.

 Texto: Fernando Mera.

Ilustracion: El Dogo Estepario.

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