Cuando la nieve no es lo que te hiela la sangre

Había días en Bariloche, sigue habiendo, habrá… habrá… en que empezaba a nevar despacito después del mediodía y para las 6 o 7 de la tarde ya estaba todo tapado de blanco. No había para mi sensación más placentera que caminar en esa paz que hay después de la nevada. Sólo el ruido de las propias pisadas que crujen sobre la nieve virgen. Era uno de mis momentos favoritos y la melancolía cuando me pega por ese lugar maravilloso me duele ahí.

Mi padre tenía su taller de reparación de autos a tres cuadras de mi casa, por lo que era muy usual que yo hiciera ese recorrido varias veces, para avisar algo, para llevar o traer o simplemente para volverme con él. Recuerdo una de esas tarde-noche en que rogué a mi madre poder ir hasta el taller para poder caminar sobre el colchón de nieve que tanto extraño. Había sido una nevada espléndida y no había nadie en la calle, yo tendría 12 años.

No olvidaré jamás el Renault 12 que rompió la armonía de la paz post nevada, de mi vida, de los peligros que mi madre siempre me contaba, pero no contaban porque no me habían pasado. Esa nochecita de frío seco de nevada no la olvido porque hay un adulto irrumpiendo con la insistencia de que no eran momentos de caminar sola y que él en su auto me alcanzaba. Hubo imposición verbal y también ruegos, hubo una puteada de su parte y de mi parte hubo susto, hubo una huida y hay un recuerdo. Jamás se bajó del auto por lo que técnicamente yo no corrí peligro. Sin embargo todavía me siento desvalida cuando pienso en esa escena. Por supuesto no conté nada para que no asustar a mis padres, en realidad para poder salir de casa sin problemas.

Un tiempo después y con mi hermana caminábamos ida y vuelta por la costanera, para pasear al perro, para correr, para charlar, para deleitarnos con el paisaje y sobre todo para hablar de chicos cuando un grupete de 5 o 6 del alto, como le decíamos, unos púberes de nuestra misma edad o un poquito más, empezaron a seguirnos, a decirnos cosas, nosotras a correr, ellos peor nos perseguían y acá las versiones se separan, según mi hermana yo recogí piedras y se las revoleaba, cosa que hizo que retrocedieran, yo sólo recuerdo haber corrido como si nos llevara el diablo. No pudimos igual evitar que nos manosearan la cola, antes o después de la corrida, quien sabe cómo habrá sido. Quedamos las dos bastante asustadas y por un tiempo siempre teníamos piedras en los bolsillos por las dudas.

A partir de ahí, ya en la adolescencia media, la mirada lasciva de muchos hombres sobre un cuerpo y psiquis totalmente alborotados no contribuyeron digamos en sentirse a salvo, en poder transitar el despertar sexual libre de culpa y cargo. Así nos constituimos las mujeres. Siempre un poco asustadas, un poco libres, un poco miedosas, un poco valientes, afeándonos y embelleciéndonos según distintos momentos de la vida, histeriqueando, rechazando, huyendo y volviendo, amando y soltando.

Cuesta mucho correrse de ser objetos de deseo, de cumplir los mandatos de ser inteligentes, lindas, buenas madres, hijas, esposas, profesionales, cuesta manter limpia y ordenada nuestra casa. Cuesta un Perú, y hasta ese dicho alude a los hombres que lucharon por la Patria; pero las mujeres mientras pasamos por todas estas situaciones estamos invisibilizadas.

Sabemos que la perversión no discrimina por género, sin embargo hay que ser mina en esta sociedad para saber desde que sos chica: que te pueden meter en la droga, atrapar la red de trata, que sólo te quieren usar y tirar, en el mejor de los casos o golpear y matar en el peor. Y aun así, prevenidas y sin distinción de clases sociales la violencia de género se lleva a tu amiga, enloquece a un familiar, deja sin bienes a tus amigas después de la separación, o simplemente somete a muchas mujeres a creer que sin un hombre al lado no están realizadas. Sucede de a poco, imperceptiblemente no te das cuenta, cuando te das cuenta no te podes meter y se cobra vidas, incendiadas, en bolsas de basura, atadas, o simplemente vacías de sentido de la vida viendo pasar las horas.

El acercamiento mejor para este tema en mi opinión lo tiene Rita Segato, una atropóloga cuyas palabras saco del página 12 de hace unos días:”Hace más de una década que intento atravesar la idea de que cuando se agrede a una mujer por medios sexuales, en un imaginario arcaico, por interpuesta persona, se agrede a su padre y a sus hermanos, a toda su familia, a la parentela, a la comunidad y finalmente a la sociedad y al Estado que deberían tener la capacidad de protegerla. Una mujer tomada por asalto es la Nación tomada por asalto. Por lo tanto, es iniciativa nuestra salvar la Nación.”

Es controvertido porque estamos dentro del campo del patriarcado, el feminicidio es un mensaje que da un macho a otro macho: puedo herir y matar a tu hembra, hija, madre sin consecuencias. Hasta nuevo aviso es el acercamiento que mejor explica la apropiación del cuerpo de mujer (no genitalmente hablando) para su sadismo sin consecuencias, ya que aún la sanción más drástica (con la que no estoy de acuerdo) no puede compensar el horror. La construcción de nuevos lazos sociales, implica pensarlos por fuera del capitalismo y del patriarcado, fuera de la cosificación y la mercancía para no considerar a las mujeres –ni a nadie- objetos de placer, de mandatos, sexuales, de uso, para no considerar a nadie como un objeto.
Únicamente cuando junto con compañeros, esos que no golpean ni someten ni matan, podamos salvar la sociedad, esa comunidad en la que podemos criar a todos los hijos como si fueran propios, ahí entonces estaremos a salvo todos. Yo empiezo (intento, lucho y trastabillo, porque cuesta) por educar a mi pequeño hijo para esa sociedad.

Educar para no someter y no ser sometido.

Un desafío.
Vivas nos queremos

Texto por: Laqé Bardea. 

       Ilustración:  El Dogo Estepario.

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