La deKonex ganada.

La música sigue sonando, porque tenemos la virtud de resignificarla permanentemente. Un espacio que cumple diez años, manteniendo su vigencia, su calidad y esa impronta que late en el corazón del Abasto porteño, no tiene nada que envidiarle a ningún otro, por eso se habrá preparado semejante ágape en un octubre que colmó las expectativas de muchos.

Para el soleado y, por momentos, caluroso sábado se planificó una grilla que tirara la casa por la ventana. Si de festejos se trata, durante este 2016 no podíamos quedarnos deseosos de festejar algo, tomando en cuenta que se perdieron dos finales de Copa América, miles de puestos de trabajo y millones de esperanzas.

Es en estos momentos donde más música necesitamos, donde las cualidades curativas de las canciones y los portadores de ellas, mejores logros obtienen, porque hay necesidades espirituales de ver otro presente, en un país donde los cambios y sus profetas nos legaron a Marama y Chano.

El Centro Cultural Konex, epicentro de grandes epopeyas artísticas no iba a ser la excepción y preparó un abono lleno de magia para deleitar a los presentes.

Comenzó temprano, con puntualidad y con Sambara al frente en el patio de las columnas bautizando la jornada sabatina. Los oriundos de Saavedra tuvieron una actuación destacada, donde se pudo vislumbrar que estamos ante un promisorio sexteto donde se destaca el apellido Malosetti  en los parches.  Buenos acordes, prolijidad y frescura durante 40 minutos que duró el set.

De Octafonic ya veníamos oyendo rumores que se convirtieron en afirmaciones, sobre todo cuando se despojaron del rótulo jazz para iniciar un recorrido más diverso, explorando el rock en forma gradual y novedosa. Un trío de vientos llenos de hermosura y un puñado de canciones de fino calibre para el oyente.

Un ratito antes de las 19 apareció en escena la leyenda femenina del indie, la reina coronada en los 90´ y portadora, aún, de esa mística propia de los artistas que aman lo que hacen. Rosario Bléfari, otrora vocalista de Suarez demostró a los asistentes, que la adolescencia no tiene dueños y a lo largo del tiempo que duró su presentación, nos regaló un repertorio de esos inolvidables. La flamante banda de la marplatense no desentonó, la voz y la delicadeza de las letras hicieron el resto.

Cuando los primeros acordes de Poseidótica empezaron a parir el momento stoner del día, la noche ya abrigaba el complejo y la oscuridad no podía ser más propicia. El patio del Konex era una vibración subyugante, un quiebre permanente de sones, cabezas que se movían con cadencia paulatina y poderosos riffs de guitarras estridentes que invitaban a un viaje sensorial colmado de placeres abstractos.

Pasado el penúltimo show en el patio, volvimos a las columnas para presenciar el set de Morbo y Mambo y toda su liturgia bailable. No nos arrepentimos nunca de ver lo que ofrece la banda en vivo. Durante un ciclo de casi 50 minutos, nos dedicamos a sentir como nuestro cuerpo pedía moverse cada vez que un nuevo tema invitaba a experimentar un periplo musical encabezado por dos vientos que escupen melodías y danzas rebalsadas de swing y flotación permanente, complementados por un reloj de arena implacable que dejó temblando las columnas del patio al compás del fervor del público. La noche se hacía más profunda y hasta ese momento, era impecable.

Había llegado, por fin, el primer plato fuerte del festival y estaba a cargo de Pez que se encargaría de cerrar el escenario al aire libre. El poder de fuego de los muchachos de Ariel Sanzo es un misil teledirigido al corazón y los oídos de quien se deja seducir por la propuesta original y cambiante de un grupo que siempre propone algo más. A pesar de algunos problemas en el sonido, el orden se mantiene y la delicia que puede significar un ramillete de hermosas canciones es un gran elixir para quien quiera disfrutar de una banda versátil y que merece un reconocimiento mayor del que tiene después de más de dos décadas de haber batallado contra el orden impuesto por la industria de lo mainstream. En ese momento el lleno fue casi total, el fervor un grito en la noche por la posibilidad de volver a los míticos Festipez (N de la R: Festivales con amigos de los miembros y bandas amigas) y el telón de cierre para el escenario exterior.

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Una hora después le llegó el turno a un personaje que carga con un bagaje importante de historia de nuestra música, un hacedor de talentos que siempre exhibe un estilo relajado y zen. Daniel Melero apareció con un manual para el espectador, como si hubiese estudiado un libreto de Fellini para cantárselo al público. El éxito del productor y ex Encargados es una fórmula bien sencilla: ritmos y canciones pegajosas, voz de whisky y melancolía existencial. Los jóvenes acompañantes hicieron una muestra de la escuela que el autor de “Trátame suavemente” ha construido en la escena independiente. Músicos afilados, renovación y un frontman que tiene mucho para decir todavía.

Mientras resonaba el dulce recuerdo de su antecesor, Los Brujos, heridos recientemente por la pérdida de su cantante Ricky Rúa subieron al escenario a romper los moldes presentando su último trabajo y reafirmando su feeling con el público que no deja de sentir identidad y cariño hacia la leyenda que significan los locos del vestuario extravagante. A pesar de la contrariedad que significó perder a Rúa, Los Brujos hicieron saltar con pogo y mosh incluídos a los presentes que, a esa hora, eran numerosos.

Caía un día largo y colmado de música, la baja con aviso de Fantasmagoría (iban a cerrar la noche) le otorgó a los ascendentes Bestia Bebé la responsabilidad de ponerle la cereza al postre después de increíble menú, y vaya si respondieron. Contundencia, fuerza, rockeo  y frenesí para construir el extásis necesario que se requiere para dejar de ser una promesa y convertirse en una realidad que empieza a estar en boca de todos.

Se habían apagado las luces de la pista y se encendían las del domingo que recién nacía y nos llamaba a tomar un merecido descanso y suplicar que la década ganada del Centro Cultural Konex se siga repitiendo. Los amantes de la buena música, agradecidos.

Salú.

 Texto: Santiago Minimal.

PH: Nicolas Petrone.

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