Perdedores hermosos.

Alguna vez, por obra y gracia del interés significativo que despierta la tristeza estructural, conocí la magia de un ramillete de metáforas y sinónimos quirúrgicos, de esos que conmueven por el simple hecho de poder estrangular el lenguaje hasta extraerle la belleza aunque el segundo de éxtasis dure la misma brevedad que un pestañeo.

Han llamado poeta a mucho charlatán que habla porque consume excesivas dosis de vocabulario; Han llamado músico a mucho snob que toca las que “sepamos todos” para consagrarse como nuevo astro de la (mal llamada) escena musical y nunca se ha detenido, el mundo, a comprender la importancia de la canción, como elemento fundante de todo un renacimiento que emerge de la crueldad reinante en un mundo injusto y desigual, asimétrico y feroz, caótico y desinteresado.

De la falta de amor, del sincericidio y el whisky noctámbulo, de las letras y las derrotas mundanas, del sueño y la métrica, del Canadá anglófono y el frio del norte, vino un hacedor, un prestidigitador de la proporción áurica, del ocaso repentino y de despedidas anómalas.

Leonard Norman Cohen, el hombre del traje y el sombrero, el de la subyugante voz cargada de historias y fracasos, una porción de carisma que tradujo, casi a la perfección, esa compleja acción de musicalizar poesía o, más precisamente, parir canciones desde un vientre colmado de sensibilidad, decidió partir sin desearlo. Tal vez su alma sentía necesidad de reversionarse y trascender, aún más, a tan vasta obra artística.

Si fue o no esperable semejante deceso, se podrá sentir en un nuevo plano cotidiano. Habiendo tantos motivos para vivir y tanta música por fecundar hasta formar una familia de cancioneros, la impronta de Cohen acabó firmando un pacto con otro mundo, obligándonos a pedirle explicaciones a un destino que nos lo arrancó de un abrazo que, posiblemente, duraría toda la vida.

No había motivos para provocarnos el dolor de no tenerte, mucho menos de inyectarnos ausencia cuando más presencia de composiciones y compositores de ese calibre necesitábamos.

Todo el mundo sabe que el mundo de un hombre imperturbable puede sacudirse con el tedio que le provoca el mundo al poeta para escribir las líneas más precisas, las de Suzanne, I´m your man, Halellujah, Ain´t no cure of love o Stranger song… al margen de la redundancia (válida en este caso) el mundo no es el mejor sosiego para aquel que puede construir universos o vestirse de constelación entre tanta estrella superficial. Leonard pertenecía a esa yunta de elegidos, los que pueden rejuvenecer un corazón o masacrarlo en un santiamén, siempre en nombre de las canciones.

La nostalgia propia del creador de huellas que hacen un camino hacia el alba, emergen cuando anochecer es casi patológico y las imágenes empiezan a transitar por la cabeza de quienes supimos escribir una historia fundada en tu inmortalidad ahora plasmada. Las estaciones conocen, a la perfección, el sexo de tus gemas musicales.

Con una lágrima que brota de tan aciaga estación y de las retinas de los que sentimos amor por vos, te decimos:  Ey Leonard, esa no era forma de decir adiós.

 

 Texto : Santiago Minimal

Ilustración: Vladimir Sinatra.

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