El federalismo queer será o no será nada

Tenía quince pajeros años cuando vi, por primera vez, una pareja de varones besarse apasionadamente frente a mí. Fue durante una fiesta a la que habíamos ido con mis amigos del secundario en el centro de Berazategui.

Ni bien terminaron de chapar, formaron una ronda con otros cinco pibes y se cagaron a piñas y patadas en el pogo más agresivo y desenfrenado que había visto en mi vida. Quedé paralizado, pero lo que me llamó la atención no fue esa imagen magnética, sino el sonido de fondo. Una bestia enjaulada parecía querer escaparse de los parlantes y, al mismo tiempo que me hacía cagarme del terror, también me invitaba a convertirme en animal y saltar a comerle el hígado a alguien. Esa bestia era una banda de rock llamada Korn y la canción que sonaba era “Faget”. En castellano: Marica. Fue el soundtrack de ese instante de furia y sensualidad. Tenía quince años cuando vi a dos pibes besarse, con violencia, frente a mí. Y, una hora después, dos pibas. Dos horas más tarde, no quedaba nadie en la fiesta sin tener la boca manchada de rouge por alguien más. Al final de esa noche, lo había visto todo.
Esa vez no volví igual a casa. Y mi casa no fue la misma. La vereda y la calle tampoco. El circo de jamón y queso que entendía como la vida en el barrio se había derrumbado junto con todos los malditos códigos que lo mantenían funcionando. Algo me hizo ver que existía una versión del barrio más allá de las veredas del fascismo vecinal. Una frontera que no discriminaba mutantes, pungas, skaters, góticos, travestis, tortas o boludos como yo. Un Conurbano donde las paredes viejas del prejuicio se pintaban de negro, rojo y rosa y retumbaban con música salida del mismísimo infierno. Cuando sonaba Korn, las peligrosas dudas que asechaban el culo de los machitos futboleros se hacían carne en la piel de una guerrilla de villeros curtidos de rímel, rastas coloridas, zapatillas y camperas adidas. Versiones del cantante Jonathan Davis salidas de una feria paraguaya. Un asentamiento de nietos de David Bowie, versión hardcore criollo. Aquello no estaba en los planes de ningún Mtv o revista Rolling Stone. Un erotismo maldito hecho de seda y mugre. Una advertencia silenciosa que, desde las sombras, avisaba que las drag-queen de suburbio no se quedaban poniéndose los vestidos de mamá, puertas adentro del ropero de la paranoia. Que el federalismo bonaerense, una vez más, había traído la barbarie a sus niños.
Durante esos años, nunca pararíamos de hacer rancho en algún recital de galpón o en distintas casuchas de Villa Mitre o Plátanos para escuchar como mantras a Korn, Coal Chamber o Cypress Hill, mientras alguno bailaría, saltaría o se llevaría la boca un asqueroso porro paraguayo. Nos reiríamos del video donde el cantante del grupo Rammstein colocaba en cuatro patas al tecladista de la banda para golpearle la espalda con una pija de goma. Después de algún vino o cerveza, alguien le daría un beso al otro. Y otro pondría una canción de los Beastie Boys o Depeche Mode. Alguien se enojaría y, finalmente, alguien volvería a casa con una inocente borrachera, por las calles de Berazategui, a dormir hasta volver a la escuela con la deliciosa ambigüedad de no saber si esa persona-que-conocí era una chica o un chico. Esas tertulias ingenuas, si no lograron que más de uno o una redefina las coordenadas de su propio género, cuanto menos, invitó a muchos a abrir, de vez en cuando, la puerta del sótano de sus propias incertidumbres y curiosidades.
Lo llamativo de todo el asunto es que no buscaba una forma de hacerte sentir bien con tu soledad en una Argentina de viejos pajeros o periodistas de derecha. O acariciarte la cabeza para decirte que si sos diferente, es porque sos especial. Ese modo de vivir el momento nos advirtió, a más de uno, ni más ni menos: esto es lo que hay. No hay ningún misterio. Esto es lo que somos, así que seamos creativos. A gritarlo ahora, que lo demás no importa nada. Brindemos por nuestra divina rareza.
Por un tiempo generoso, fue lo más sano que tuve a mano. Por un tiempo, nada de eso causó heridos. Pero el gran Buenos Aires siempre encuentra la forma de ponerte en tu lugar.
Hoy, escuchando Korn y recordándome a mí mismo con mis pantalones de guerra, mis zapatillas y mi gorra visera, vuelvo a sentir –con un poco de imaginación- ese gustito a libertad que me regalaron mis amigos al llevarme a aquella fiesta donde dos pibes se besaron como si Berazategui fuese un San Francisco de bares gays en fiesta eterna. Un barrio donde, lejos las comodidades homo-friendly que vendrían años después, la campera de lentejuelas había que defenderla, como siempre, a las piñas. Y, por desgracia, muchos quedaron en el camino por eso. Otros, en cambio, volvieron al carril machistoide del que nunca, en definitiva, tuvimos alternativa. La utopía queer solo existió en nuestra ropa, en las canciones de Korn y en el limbo de nuestras imaginaciones.
Fueron años en los que nunca voy a terminar de saber qué pasaba por nuestras rapadas o teñidas cabezas. Éramos chicos, pero a muchos, incluso, ya se los veía cansados. La resaca postcrisis nos había dejado apenas escombros para iniciar nuestra precoz juventud. Y la basura comercial dela cultura gringa fue, para muchos, la única droga a mano para inyectarnos en los brazos y cagarnos en los límites de nuestra propia identidad. No existía mucho más para hacer. Para muchos de ellos y ellas, tener quince años ya era ser viejo.

                                                                                                                                  Texto: Robert Mur

Ilustracion: El Dogo Estepario

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