LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE CINTHIA DHERS.

La tilingueada de clase media es una maravilla nacional, tan propia de este suelo como el tango y el dolar clandestino. Y sobre ese tema, se dedicó a escribir toneladas de reflexiones Arturo Jauretche hace medio siglo atrás. Sin embargo, al día de hoy, hablar de las complejidades y contradicciones de las capas medias en el país sigue siendo, como mínimo, un tabú.
Por eso, hay que ponerse de pie y bancarle los trapos a Cinthia, la “cheta de Nordelta”. Porque puso sobre la mesa lo más llamativo de la indignación medio pelo argentina.
Atacar a Cinthia Solange Dhers es un recurso fácil para no poner atención a los genuinos padres y abuelos de la degradación social del país ¿O alguien cree que a la discriminación clasista la inventaron en Nordelta?
Creer que Dhers es “la cheta de Nordelta” habla de un rango de beligerancia revestido de corrección política un tanto difuso, donde no se termina de entender si el problema es ser cheta, ser de Nordelta o, llegado el caso, ser mujer. Donde el eterno deseo insatisfecho de la movilidad social pareciera ser un pecado personal y no parte de la explotación misma del liberalismo. Donde la filtración de este audio telefónico fuera un rasgo exclusivo de esta época macrista e infernal.
Hablando mal y pronto: todos en la historia hemos querido siempre cagar más alto que el culo. Para eso nos han formados. Para eso pensó Sarmiento la escuela pública. Para eso se inventó la familia, la tele y la iglesia. Para tener carreras exitosas. Para trabajar y acceder a la casa propia, a vacaciones inolvidables. Para honrar a la patria. Para encerrarnos en paraísos individuales a no verle la jeta a nadie. Para escapar al tedio de ser tan humanos, demasiado humanos.
Depositar el elitismo nacional en Dhers y chalet de 200 lucas es facilitarle el trabajo al neoliberalismo. Es creer que en los barrios de trabajadores, a diferencia del barrio ricachón, la gente es toda humilde y afectiva. Que las villas son un fin en sí mismo solidario. Una utopía de clase. Que solo te volvés malvado y egoísta cuando ascendés a un estrato social que nadie sabe con exactitud dónde empieza ni dónde termina.
Sostener la figura de la oligarquía y la opresión como patrimonio del country, del club de rugby o de las casaquintas de San Isidro es perder de vista que este abismo globalizado no reconoce fronteras ni territorios. Pronunciar la “cheta de Nordelta” es ponerle nombre y domicilio a una violencia que está en todas partes. Que deambula tanto en villas como en museos.

 

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Concentrarse en la cheta de Nordelta es hacer caso omiso de una oligarquía que no está, justamente, en barrios cerrados. Que camina libre y tranquila en cientos de miles de hectáreas; que es dueña de lagunas, bosques y ríos. Que no necesita de camionetas de alta gama porque los caminos le pertenecen. Que no necesitan casas de fin de semana para descansar porque viven del ocio. Que no se indignan como Dhers, porque la vida está resuelta. Para quienes los gastos y el tiempo no son, ni han sido jamás, un problema.
Ensañarse con “los chetos del country”, de hecho, le cae como anillo al dedo a rostros anónimos cuyas fortunas no necesitan de autos blindados ni mansiones ostentosas, porque descansan cómodas en la base de datos de un banco en Delaware. Porque se limpian el alma con un diploma de doctorado en ciencias sociales. Porque no drenan sus miserias en mensajes de teléfonos privados, sino que se encargan deliberadamente de publicarlas amablemente en ensayos y manuales sobre economía, historia o sociología. Porque las dictan en grandes aulas colmadas de estudiantes.
Ensañarse con Dhers es hacer correr el foco del verdadero medioevo argentino, ese que tiene apellido de avenida porteña o de pueblito del interior. Esos que son propietarios de las pampas, de montes y desiertos donde planeás tus retiros turísticos con amigos.
Porque son gente como uno, son copados, no necesitan ostentar. No se indignan, no tiene drama.
Poner la mira sobre el country desvía la atención de los tribunales, las multinacionales, los laboratorios y las universidades; ahí se cocina todo el maldito poder que forma abogados que nos meten presos, economistas que estafan generaciones enteras, psicólogos que nos dictaminan patologías, científicos que nos envenenan y filósofos que los justifican. Que se filtre el audio de una “cheta de country” es la excusa perfecta para purificar la indignación burguesa que invita a hacer una “mateada de protesta”, pero que rechaza las manifestaciones en reclamo de un muchacho desaparecido por estar “muy politizadas”.
Es el pretexto, dicho sea de paso, para dejar expiar los peores deseos contra -casualmente- una mujer de clase media. Porque el exabrupto de una mina fue suficiente para que más de un grupo de whatsapp o red social se inunde de comentarios misóginos de un nivel de violencia nauseabundo, acaso como una retorcida venganza de “machos populares” contra “una careta descerebrada”.
Y, más que nada, hay que saltar por la cirujana porque, como le sucede a miles de personas a diario, su único padecimiento pasa por la indolencia de parar en un vecindario decadente del Conurbano.

En definitiva, Nordelta no es más que eso.

 

Texto: Robert Mur

Ilustración: Pablo Palacio. 

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