Divididos por la felicidad… de una noche inolvidable

Viernes de primavera ventosa, la temperatura en Avenida Rivadavia es agradable, llevadera, tolerable si se quiere. La cita en El Teatro de Flores es el ritual de los Santos en remera que, ansiosos, aguardan por una buena dosis de rock del bueno, ese que conjuga a la cofradía de ese rock criollo que no deja de parir bandas que estremecen, en una triada de hombres que respiran música y la regurgitan con pasmosa destreza.

A las 20:30 ya estamos adentro, la atmósfera ha cambiado radicalmente, el escenario es una cajita musical llena de misterios que irán transformándose en una orgía de notas y yeites asombrosos. Si señores, Divididos es la prueba cabal de que la vigencia puede conservarse aún sin tener nuevo material discográfico recién salido del horno.

El preludio son los cánticos, cada vez más unánimes, de la multitud que escribió sold out en la puerta de la esquina de Rivadavia y Pergamino. Suena el Himno Nacional, el fervor se enciende al unísono con las luces que resplandecen al compás del griterío.

El trío está preparado y dispuesto a dar un potente show y no desentona con el clamor popular. Empieza bien arriba como para anticipar que la vara va a estar alta durante toda la jornada; Cabezón es el puntapié, Ricardo Mollo le pone picante al menú y el virtuosismo no tarda en aparecer con plenitud. La fórmula de los ex compañeros de Luca Prodan no es novedosa, aunque debemos detenernos en lo efectivo que puede resultarles esta elección, ya que la continuidad le ha otorgado a la banda oriunda de Hurlingham, una precisa formula que combina un bajo lleno de ira y tempo, una viola furibunda de a ratos y candente en simultáneo y una batería cargada de hermosos martillazos sobre los parches y los platos, inmediatamente le sigue Capo Capón y el corazón se estruja en pedazos, los cimientos del espacio empiezan a sentir el paso de La Aplanadora, cientos de cuerpos bañados en sudor y pogo se asocian y se disocian con la misma facilidad que el vocalista exprime las cuerdas de su guitarra cuando suena Hombre en U, Perro Funk y Elefantes en Europa. El guitarrista tiene la particularidad de sacarle lustre a su instrumento, es ella su partenaire, la trata con delicadeza y amor, casi como bailando un vals, se miran con deseo y él le propina orgasmos melódicos siderales, el primer tercio del show parece preparado para que don Richard nos enseñe a tratar a una mujer con cuerpo de madera y labios de metal.

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La segunda parte es para el lucimiento de Diego Arnedo, quien dispara arponazos con su Fender que hace las veces de varita mágica, El Cóndor la sabe lunga, sonríe, cómplice, con su compañero de ruta, se conocen y se complementan como si fuesen un ensamble quirúrgico, a ellos dos los cementa el efecto y la polenta del ex MAM, el benjamín de la banda, Catriel Ciavarella, un pulpo que se asentó totalmente y que lleva el gen del power trío en su joven sangre.  El bajo es el corazón de Diego, indudablemente están alineados y en sintonía, son una extensión uno del otro y se nota en la disciplina que reina en ese matrimonio de hecho que han concretado, Arnedo es el Diego de las cuatro cuerdas, al apoyar sus dedos sobre el mueble, ya está pintando colores.

Pasan Casi Estatua, Tanto Anteojo, llega el set soft con Par Mil, Spaghetti del Rock y Como un Cuento, a esta altura ya el éxtasis es elevado, la gente y el ambiente huelen a satisfacción. La interacción es una característica de estos encuentros, se pide por el joven Santiago Maldonado, luego de una memorable y siempre certera Huelga de Amores, Ricardo muestra que está del lado correcto, al igual que sus camaradas. Haciendo cosas Raras, Que Tal, Azulejo, Basta Fuerte, Banderitas y Globos le quitan la sed a la monada. Empieza el tercer tramo y nos detonamos con Amapola del 66, Ala Delta vaticina que falta poco, el bajo de Arnedo escupe música en su más pura expresión, Mollo baja a Pappo del cielo con cada acorde al cantar Sucio y Desprolijo y pinta un óleo de Comunication Breakdown como intermezzo, Catriel sacrifica y ofrenda al cielo los parches y platos que resucita a palazo limpio, el final lo muestra entero, dejando el resto de su vitalidad en los últimos golpes con El 38 y Cielito Lindo. Las ultimas sensaciones dan entrada a un compilado inolvidable de Sumo. La estridencia de El Ojo Blindado, la cadencia de Crua Chan y la violencia de Next Week fueron suficientes para un cierre que dejó muchas certezas que siguen reafirmando que el 16 de diciembre vale la pena apurarse y comprar la entrada para seguir sintiendo como sigue soplando el viento dulce del oeste.

 

Texto y PH: Santiago Minimal.

 

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