NO TE MUERAS SANTA ROSA

Dejé la mochila en el baúl y me quedé mirando la casa. Me llamó la atención la mancha de humedad que había sobre el marco de la puerta. Mi papá cerró con fuerza la tapa, me despeinó y me dijo con voz castiza dale cabezón, subí. Quedé algunos segundos mirando el monte de eucaliptos que rodeaban parte de la casa y asomaban por detrás del techo.
A veces, me escapaba de la siesta, cuando el tiempo comienza a tornarse espeso, aburrido. Había dos especies de árboles en ese monte; un eucalipto de hojas largas, más o menos duras. Muy altos y con grandes nidos de cotorras en la copa. En verano, el sopor del campo solo se soportaba abajo de esos árboles, rogandole a las nubecitas que soplen un poco de viento para que las hojas se toquen como en caricias amorosas. Todo era un arrullo. Las cotorras, las hojas, el silencio impenetrable en segundo plano. Pero ahora era invierno.
Después estaban los otros árboles. Esos que mi abuela llamaba eucaliptos medicinales. Tenían una hojas más redonditas, y desprendían unas pepitas que cada tanto me mandaban a buscar. Las ponían a hervir un buen tiempo con algunas hojas, azúcar morena y la servían en una taza plástica, que tenía la forma de una bota texana y que me había regalado mi mamá. Me parecía hermosa, no porque yo tuviera fantasías de cowboy, sino que porque las peliculas que habia visto de western tenían esa indomable soledad de la lejanía que yo solo podía identificar a través de la inaprehensible planta rodadora. Acá, era más o menos así.
Escuché cuando papá cerró la puerta del auto. La noche anterior se había despertado a la madrugada, y en calzoncillos se sentó en el piso, al lado de mi cama mientras yo tomaba eso que llamaban quemadillo. Era amargo y todavía tenía algunos pedacitos de cáscara de naranja, que le ponían para que lo pueda pasar.
Por suerte o por verdad, el día anterior había llegado Santa Rosa. A la mañana había hecho calor y al mediodía aparecieron los primeros destellos de la tormenta. Para la siesta ya se había calmado. Santa Rosa tiene fuerza y encanto. Siempre viene después del frío de invierno, pero aun así, mi abuela -que se llamaba Rosa por la tormenta-, cuando estaba con nosotros, abría todas las ventanas para que el viento limpiara la casa a miles de kilómetros por hora. Yo miraba las formas que tomaban los nubarrones detrás del cordón árboles en el horizonte, en alguna ventana detrás de la tela metálica. Veía como iban mutando, y creía sin miedo, que era una especie de gigante que nos visitaba cada año.
Bueno, después de ese primer paso de la tormenta, la lluvia paró y yo me fui al monte de eucaliptos. Cuando esos árboles se mojan desprenden un perfume que condensa un bálsamo espiritual, una locura primigenia. Cuando llegué al monte ya tenía los pies empapados. Por eso, esa misma noche, mi papá estaba en calzoncillos, acariciándome el pelo, y dándome quemadillo.
No te mueras, le dije.
Uno de los nidos que estaban en la copa del árbol se había despedazado por el viento y la tormenta. Como si no hubiera existido. Las ramitas que con tanto esfuerzo las cotorras habían apilado una por una, habían volado por los aires y vuelto al mismo suelo de donde las habían juntado. Primero sentí el viento, más calmo, que soplaba con misericordia, suave y algo helado. Cerré los ojos, y supuse que así debía sentirse la compasión. El desastre ya estaba hecho. Pensé cómo sonaría el coro de las alturas con un nido menos.

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En el piso, a la vuelta de un árbol, había una cotorra. Cuando me vio intentó escapar pero casi no podía moverse. No te mueras, le dije. Seguro que durante la tormenta salió volando por el viento, y se golpeó contra las ramas, pensé.
Tuve el impulso de tocarla, sanarla de alguna manera. Ya había abandonado el forzado intento de huida y ahora solo me miraba, penetrante, como depositando lo que le quedaba por fe.
Tuve miedo de lastimarla, así que que me fui corriendo hasta la casa, busqué a mi mamá y le conté sobre el pobre pajarito, seguro que durante la tormenta salió volando por el viento y se golpeó contra las ramas, le dije.
Mamá y papá se miraban fijo a los ojos en un silencio imprevisto, forzado. Apretaban los dientes, inmóviles. Papá me miró en un gesto que no acompañó con la cara ni el cuerpo, sino como señalándome solo con los ojos. Durante la tormenta salió volando por el viento y se golpeó contra las ramas, repetí, ahora convencido.
El Chevrolet 400 azul se puso en marcha, cerré la puerta en un seco ruido a chapa. Toqué el asiento de cuero y me quedé ahí, en eso. Mamá miraba por la ventana, apoyaba el brazo en la puerta y sostenía el mentón con la mano derecha. Papá manejaba con las dos manos en el volante y miraba fijo el camino de tierra.

 

Texto: Damn Duarte.

Ilustracion: El Dogo.

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