La Manija.

El equipo estaba golpeado por una serie de derrotas humillantes y se presentaba ante un poderoso rival. A decir verdad, todos los rivales eran poderosos en ese momento. Aun el desconocido, se imaginaba superior. La moral estába al sopi.
El Rulo Caviglia, “el referente de área”, como le llamaba su DT para disimular con términos pomposos su solitaria condición de atacante, vagabundeaba desesperanzado por todo el frente de ataque. Su fe marchita ni siquiera sostenía la posibilidad del milagro. Era una sombra. Sabía que la pelota jamás llegaría a su posición y aprovechaba el trote cansino para analizar la relación costo-beneficio de su eventual retiro y calcular la pequeña renta que podría proporcionarle invertir en la ferretería de su primo Oscar, allá en Wilde. El Rulo estaba grande y su vida deportiva estaba signada por desilusiones. Sus esperanzas, agotadas, se habían transformado en la resignación de paladear el vinagre de sentirse destinado a verla pasar, a entusiasmarse y entretenerse con posibilidades, como quien chupa un caramelo de madera.
Pero iban apenas cinco minutos y otro despeje incierto de su defensa mandó la pelota a campo adversario. Cerca de su posición. Al despeje le sucedió como respuesta una serie de cabezazos y contra-cabezazos que culminaron con uno de los centrales rivales peinando la pelota hacia atrás, en busca de su arquero, a quien imaginaba más cerca de lo que en realidad se encontraba.
El aguijón de la suerte despertó del letargo al Rulo, que clavó su mirada en la pelota como un felino. Esa hermosa posibilidad, huérfana, a mitad de camino entre el central y el arquero. Era ahora o nunca. Un portal cósmico se abrió en la densa cortina de mufa que lo envolvía. Solo restaba dar el salto de fe.
Salió disparado, sin pensarlo. Miró al linea, estaba habilitado. ¡La vida lo habilitaba! Cuando el arquero lo atoró, arqueó su cuerpo hacia la izquierda, y con extraña delicadeza, colocó la pelota, con la cara interna, junto al palo derecho. La redonda entró mansa, sin apuro, elegante, como lo simple. Besó el palo y se detuvo en el fondo de la red. El estadio enmudeció.
Caviglia sintió el desahogo desgarrador de sus sufridos compañeros. Salió a los gritos hacia el corner, besando los nombres de sus viejos tatuados en los brazos. Saltó los carteles y corrió sin destino, rodeado de hinchas rivales que lo puteaban y escupían. Enloquecido, enfiló a toda maquina hacia el banco de suplentes. Se sacó la camiseta y la revoleo durante el trayecto, hasta que sus compañeros le dieron alcance y empezaron a colgarse de su cuerpo, y de su ropa, como zombis engualichados de amor fraterno. Lograron derrumbarlo y se le tiraron encima. El delantero, en el fondo de la montonera cerró los ojos para contener la emoción. Tantos momentos de mierda. Quería detener el tiempo en ese instante: porque el dolor quiere pasar, pero el placer ansía la eternidad, quiere que todo sea así como es, y para siempre.
El pitazo del referí y la amarilla por festejos desmedidos lo despertaron de su ensoñación y lo obligaron a regresar a la cancha. Había que continuar el partido. Recién iban 6 minutos y medio. La mirada de sus rivales era sádica. Ninguno esperaba la afrenta recibida. Habían entrado a jugar, dada la evidente disparidad de fuerzas, a media maquina. Como para ganar sin regodearse en la humillación de una goleada histórica. Era lo que marcaban los códigos y el manual de buenas costumbres. Pero ahora, ese gol traicionero, era la excusa perfecta para destrozarlos sin misericordia.
El arbitro pitó y el juego se reanudó. El Rulo Caviglia salió como un perro de presa a comerse a los centrales. La euforia tóxica que lo enajenaba se traducía en un ritmo asfixiante y demoledor. Iba a todas, a fondo. Se tiraba al piso para cortar hasta la pelota más insignificante. Estaba poseído. No quedaban rastros de aquel espiritu paseando cabizbajo por la cancha, con el alma en calzoncillos, ojotas y medias, planificando su propio derrumbe.
El arbitro cortó el juego por una falta y el Rulo pudo recobrar el aire y la conciencia. No sabía muy bien que estaba haciendo. El griterío de la gente era infernal. Se tocó la carótida, tenía las pulsaciones a mil. Un compañero cercano le señalaba el banco con insistencia. Era Betinoti, el DT, pegado a la raya, gritando su nombre con la voz quebrada por el stress. No se escuchaba nada. Movía sus dos brazos, con la palmas de las manos hacia abajo. Creyó entender que le pedía tranquilidad. Calma. Se señalaba el reloj en su muñeca. El tiempo. Faltaba mucho.
Caviglia acordó con el pulgar en alto solo para sacárselo de encima. No podía calmarse. El Técnico no entendía su situación. No podía jugar de otra manera. Ese gol era el milagro que había esperado durante tanto tiempo: ¡Ésto tenía que ser una señal!
No iba a permitir que quedara como una simple anécdota en boca de algún boludo en una sobremesa de domingo, ni olvidado en algún oscuro rincón de la estadística, esa morgue de la historia de la que suelen alimentarse los carroñeros. Ese gol se iba a transformar en el comienzo de una extensa y positiva racha que haría sus sueños realidad. ¡De una puta vez por todas! ¡Harto de verla pasar! ¡Harto! ¿Y ahora le pedían moderación? ¿Justo cuando había llegado el instante de tirar toda la carne al asador? El Barba estaba en el palco y la suerte no es amiga de los amarretes. Era el partido que jugaba contra su destino pinchaglobo y había que dejarlo todo.
Betinoti seguía gritándole. Le pedía calma y que se acercara al banco. Habían amonestado a Guillermini, que seguía protestando. Caviglia aprovechó el parate y le dió el gusto. Se acercó al trote. El técnico era un hombre grande, con una extensa carrera a cuestas signada casi en su totalidad por fracasos rotundos. Era un agarrador de fierros calientes, como se los conoce en la jerga.
Lo tomó por el hombro y acercó su rostro, confidente. Estaba lleno de tics y no podía dominarlos. Se le habían disparado todos juntos como un show de fuegos artificiales. La sorprendente victoria había sacudido violentamente las placas tectonicas de su amargura y por las grietas del manto sedimentario había hecho erupción un torrente de felicidad que a seres como Betinoti, adaptados fisiologicamente a la pesadumbre, podía deschavetarlos de un solo tiro. Sudaba como una manteca al sol.
Le dio varias indicaciones tácticas, pero concentró sus esfuerzos en hacerle entender que tenía que tranquilizarse. Que no podía jugar pensando que nunca más en su vida iba a tocar la pelota. El partido era largo. Había que ser inteligente y regular. Hizo especial hincapié en el componente filosofico de la manija que sentía su centrodelantero. La conocía por experiencia y sabía que por más dulzona que se sintiese, siempre era la antesala de la derrota. Nunca terminaba bien.
El Referí reanudó el juego. Las palabras del DT resonaban en la mente del Rulo y se mezclaban con el barullo hasta perderse. Le resultaba imposible especular con ideas. ¡Esto nacía del pecho! ¡¿Que carajo tenía que ver con tácticas y estrategias?! En las circunstancias en las que se encontraba, la especulación era un asunto de cobardes y sanateros. De panzas llenas. Una fe titubeante vale dos mangos y no salva a nadie.
La pelota volvió a rodar y Caviglia salió impulsado por esa extraña energía que lo doblegaba. Cruzó con un pique insalubre todo la cancha hasta la posición del lateral izquierdo, que se preparaba para revolearla hacia adelante, sin mucha idea. Cuando lo vió acomodar su cuerpo para meter el pelotazo, forzó un sprint lisérgico en el ultimo instante y se lanzó al piso en una barrida demencial que no impidió el remate, pero que destrozó la canillera rival y su isquiotibial derecho.

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Quedó tirado. Inmóvil. El dolor era insoportable. Subía como una corriente electrica, directa del infierno, que lo atravezaba desde el ano hasta la medula espinal. El referí paró el juego, se acercó a evaluar la gravedad de su estado y permitió la entrada del cuerpo médico. Los rivales lo rodearon histéricos. Le exigían la roja, directa. Era inevitable. El Rulo ya estaba amonestado por manija, en la celebración de su conquista.
El lateral no iba más. Lo había roto. Le estaban vaciando un aerosol de anestesia en la canilla. La silbatina condenatoria que le dedicaba el estadio rompía cristales. Algunos lo acusaban de hacer tiempo, otros de mala leche. El mundo lo sepultaba bajo un gigantesco alud de caca. Nadie lo entendía. Su dolor, sus intenciones. No entendían la emoción que inflamaba su pecho. ¡Como iba a desperdiciarla en una actitud tan mezquina como simular y hacer tiempo! ¡Como iba a pensar en lastimar a su rival si se sentía feliz! ¡Desbordante de felicidad!. ¡¿Como iba a desear el mal?! ¡A un colega!
Pero nadie tenía la intención de entenderlo, y tampoco el delantero tenía las palabras para explicar y describir esa extraña sensación que lo sofocaba de dicha y lo lanzaba como un galgo hacia el infinito: La manija.
Se sintió muy triste e incomprendido. Tenía la mitad del cuerpo paralizado. A los catorce minutos de partido su glorioso momento se había esfumado. El portal cósmico se había cerrado. La mufa lo rodeaba nuevamente como un denso anillo de vapor hediondo, denso y pegajoso.
Se retiró en camilla con la roja a sus espaldas. Entre los insultos de sus rivales y el silencio funebrero de sus compañeros, a los que abandonaba en inferioridad numérica, en plena embestida rival.
Betinoti lo observó pasar con la decepción mas honda que permitían sus flacidos rasgos faciales. No le salían las palabras. Movía los brazos, con las palmas hacia abajo, repitiendo una y otra vez, en vano, la profética advertencia.

Texto: Fernando Ariel Mera.

Ilustracion principal: Daniela   Zeppa.

Img: Gentileza Web. (?)

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